La narradora relata el trauma vivido tras el atentado a la AMIA, sintiendo impotencia al no poder ayudar a una niña durante el suceso.
Describe la dificultad de salir de la zona cero, la búsqueda de un teléfono para avisar a su familia y la necesidad de higienizarse para no asustar a su hija.
Menciona el reencuentro con su esposo, Carlos, y la posterior búsqueda de su edificio, encontrándose con la policía y decidiendo ir a lo de su mamá.
Relata el miedo ante un nuevo derrumbe y la posterior confusión y vulnerabilidad, preguntándose por qué ocurrió un acto tan cruel.
Describe cómo los vidrios rotos se incrustaron en su cuerpo y cómo el trauma queda en la mente y el cuerpo, afectando su forma de vida.