Una palabra profética de Isaías al rey Ezequiel, ordenándole organizar su casa ante la inminente muerte, sirve como reflexión sobre la finitud de la vida.
Se enfatiza la importancia de tener la vida ordenada y a Dios en primer lugar, preparándose para el momento de la muerte, que para el cristiano representa un pasaporte a la vida eterna.
Se anima a perdonar, humillarse y agradar a Dios, ya que la vida es corta y la prioridad debe ser honrarlo, asegurando así la presencia y bendición divinas.