En 1810, la medicina era rudimentaria y la esperanza de vida muy baja. No existían médicos como los conocemos hoy; los tratamientos los ofrecían santiguadores, ventoseros, sacamuelas y curanderos.
La anestesia era inexistente para procedimientos como extracciones dentales, donde se recurría a ron o aguardiente. Tampoco había vacunas ni conocimiento sobre microbios, lo que facilitaba la propagación de enfermedades devastadoras.
Se resaltó la precariedad de la atención médica y la falta de avances científicos que hoy damos por sentados, contrastando con la medicina moderna.