Un sermón enfatiza la importancia de aceptar la voluntad de Dios sobre los deseos personales, comparando las actitudes de Moisés y el apóstol Pablo.
Se advierte sobre la obstinación de pedir a Dios algo que va en contra de su voluntad, lo cual puede acarrear desgracia y sufrimiento. Se utiliza la historia del pueblo de Israel como ejemplo de las consecuencias de no escuchar a Dios.
El predicador destaca que el llamado de Dios es una señal de confianza, no de incredulidad. Rechazar una misión o un llamado divino se presenta como una ofensa que puede enojar al Señor.
Se subraya que la dependencia de los hombres en lugar de Dios es un error, ya que la compañía humana, aunque valiosa, es insuficiente sin la presencia divina. Se concluye que la gracia de Dios es suficiente y que no se debe rechazar un llamado por falta de apoyo humano.