Se presentan dos evidencias del verdadero arrepentimiento: el dolor por haber ofendido a Dios y el abandono definitivo del pecado, contrastando los casos de David y Judas.
Se señala que Judas, a pesar de confesar su pecado y sentir remordimiento, no demostró un arrepentimiento genuino al suicidarse, mientras que David, tras su pecado de adulterio, pidió perdón por todos sus pecados y mostró un cambio de actitud.