Se reflexiona sobre la solemnidad de la ascensión del Señor, destacando que Jesús, aunque sube al cielo, continúa presente entre nosotros de nuevas maneras: en la Eucaristía, en la comunidad y en los signos de esperanza cotidiana.
Se cuestiona la tendencia a "mirar al cielo" como si Dios se hubiera ido definitivamente, recordando las palabras de Jesús "no los dejaré huérfanos", que aseguran su presencia continua.
Se invoca al Espíritu de sabiduría y entendimiento, tal como pide San Pablo a los Efesios, para poder descubrir esta nueva presencia de Jesús y no buscarlo solo en las alturas.