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Cristo entró una sola vez al santuario con su propia sangre

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El pastor continúa su prédica sobre la esperanza en Jesucristo, describiendo una visión donde Jesús, revestido de gloria y autoridad, irrumpe en el infierno, derrota a Satanás y sus demonios, y los exhibe en desfile victorioso tras su resurrección. Los demonios, atados y humillados, reconocen la victoria de Cristo, quien ahora posee las llaves de la muerte y el infierno, como le mostró a Juan en la isla.

En su rol de sumo sacerdote según el orden de Melquisedec, Jesús es rey eterno sin genealogía, preexistente al universo. A diferencia de los sumos sacerdotes judíos que sacrificaban corderos anualmente y entraban al lugar santo con sangre una vez al año, arriesgando la muerte si no estaban santos, Cristo entró una sola vez para siempre al santuario perfecto no hecho por manos humanas.

Él ofreció su propia sangre, no de animales, logrando perdón eterno. El pueblo judío ovacionaba anualmente el favor de Dios por un año, pero Cristo asegura bienes venideros con su sacrificio definitivo. La reflexión bendice a los oyentes para confesar pecados y vivir en libertad por la sangre de Jesús.

El predicador enfatiza la victoria sobre demonios que enferman o inducen adicciones, declarando a los creyentes más que vencedores.