Jorge Montanari, investigador del CONICET y director del Laboratorio de Nanosistemas y Aplicación de Biotecnología de la Universidad Nacional de Hurlingham, explica que la nanotecnología altera propiedades de materiales en nanoescala para aplicaciones biomédicas como diagnóstico, tratamiento y teranóstica.
Enfocan la leishmaniasis cutánea, enfermedad huérfana de áreas rurales pobres con tratamientos obsoletos desde 1912. Desarrollan nanopartículas de oro que generan nanofiebre localizada en células infectadas por parásitos. Otro proyecto usa partículas para toxicidad puntual contra cáncer de piel.
Emplean nanostructures como carriers para dirigir fármacos al blanco, reduciendo efectos colaterales y dosis. Desde el cambio de siglo se aprobaron medicamentos nanotecnológicos como anfotericina B liposomal. Pruebas toman mínimo 10 años, desde in vitro a clínicas.
El laboratorio, con más de 20 personas, prueba en células, ratones y diversifica a agro sustentable, cosmética y nanorepelente contra dengue, financiado por Provincia de Buenos Aires con empresa local. Universidades generan innovación pese desfinanciamiento.
Montanari destaca desafíos por anticiencia global y periferia argentina, donde reactivos tardan meses y cuestan triple, pero compiten globalmente con esfuerzo.