La investigación reconstruyó las últimas horas de vida del anestesista Alejandro Salazar a través de cámaras de seguridad y datos de antenas celulares en su departamento de la calle Gascon, cerca del hospital Rivadavia.
Salazar regresó del trabajo con un bolso, bajó con ropa deportiva al gimnasio donde participó de una clase y volvió cerca de las 10 de la noche con un sobre en la mano que no tenía al salir. Se conectó al wifi hasta pasadas las 10 y canceló un encuentro con un amigo alegando cansancio.
Al día siguiente, colegas del hospital Rivadavia alertaron porque no se presentó a cirugías. Chantal Leclerc, conocida como Tati y residente de tercer año, llegó primero al edificio, seguida por la hermana de Salazar y otras personas.
La hermana vio a Leclerc manipular el teléfono celular de Salazar, lo que derivó en un allanamiento en su casa donde secuestraron su celular. Leclerc y Delfina Lanusse, también conocida como Fini o Cindy, se retiraron llevando algo compatible con una tablet.
Los jueces unificaron esta muerte con la investigación por robo de propofol en el hospital italiano, donde Lanusse es residente de anestesiología, conectando ambos hospitales y la carrera en el hospital Austral.