Los discípulos de Jesús esperaron 50 días en oración en Jerusalén por la promesa del Padre, el Espíritu Santo, pese a su entrenamiento previo de tres años y medio en predicación y milagros.
El predicador explica que vivir la vida cristiana sin el Espíritu Santo convierte la fe en una religión vacía, y urge tomar tiempo exclusivo para buscar su presencia mediante oraciones prolongadas, no relámpago.
Se enfatiza pedir al Espíritu Santo llenar como vasija, caminar de la mano con Él, y anuncia revelaciones frescas sobre quién es y lo que hace.