Los científicos simulan en laboratorios la degradación acelerada de plásticos mediante rayos UV intensos equivalentes al sol de Miami, lo que genera una capa de oxidación quebradiza en los gránulos y provoca grietas en su superficie.
Fabienne Lagart demuestra que, tras este envejecimiento y agitación en agua, los plásticos pierden hasta un 10% de su masa en forma de micropartículas que se liberan al ambiente. En el hogar, objetos cotidianos como tablas de cocina de plástico generan miles de partículas por corte de cuchillo, mientras que bolsitas de té de nylon o PET sueltan 11.000 millones de microplásticos en agua caliente a 95 grados.
Los biberones de polipropileno liberan 55 millones de partículas por litro a altas temperaturas, incrementándose con agitación. Estas partículas ingresan al cuerpo vía digestiva, afectando la microbiota intestinal: estudios muestran cambios en metabolitos como el escatol, marcador de enfermedades digestivas, y mayor presencia en pacientes con inflamaciones crónicas.
El aire también está contaminado, con 74 toneladas anuales de microplástico en Nueva Zelanda; cada inhalación lleva partículas a los pulmones profundos, según investiga Carlos Baeza Martínez, quien evalúa su rol en enfermedades respiratorias.