Ángela contó que en su adolescencia se volvió triste y agresiva pese al apoyo familiar, llorando noches sin motivo y enojándose fácilmente.
Se involucró con malas amistades por placer de sentirse aparte, pero participando en reuniones de la Iglesia Universal, viernes y domingos, entendió la importancia del Espíritu Santo.
Realizó ayunos y búsquedas en casa; recibió el aceite de luz, se ungió y eliminó pensamientos malos, recibiendo el Espíritu Santo que le dio fuerza y alegría para vencer problemas.