Graciela contó que su vida cambió drásticamente a los cuatro años cuando un amigo de su padre comenzó a abusarla sexualmente en el negocio familiar, lo que la volvió introvertida y le impidió concentrarse en la escuela.
En la adolescencia perdió a su padre, cayó en depresión profunda visitando el cementerio diariamente, quedó embarazada a los 16 de un hombre casado que la abandonó, y su madre la rechazó condicionando su maternidad, lo que la llevó a un intento de suicidio con gas que falló por una voz interior.
Sufrió un aborto espontáneo, se mudó a Buenos Aires sin trabajo y entró en la prostitución para sobrevivir, agravando su vacío emocional con alcohol y cigarrillos, hasta que su hermana la invitó a la Iglesia Universal.
Allí encontró paz en Jesús, se bautizó en las aguas, perdonó a su madre en persona, recibió el Espíritu Santo en un evento especial, formó familia, casó, tuvo una hija, y aunque perdió a su marido por ACV, halló consuelo en la fe, afirmando hoy ser completamente feliz.