Anestesistas manipulan propofol y fentanilo, drogas anestésicas, para ofrecer "viajes recreativos" euforizantes que generan placer similar a endorfinas sintéticas, pero con alto riesgo de dependencia y muerte por depresión respiratoria.
En fiestas privadas, residentes como Fini y Tati robaban las sustancias del Hospital Fernández, las compartían vía infusiones continuas con bombas, y usaban ambu para revivir apneas; un compañero de Tati murió por sobredosis, encontrado con equipo hospitalario, sin que nadie se enterara inicialmente.
Expertos destacan el peligro fuera de quirófanos controlados con monitores y ventiladores; mencionan casos como Michael Jackson y Ricardo Fort, adictos a estas drogas para dormir o dolor, y tarifarios informales de mil a dos mil dólares según nivel de monitoreo.
Hospitales tienen trazabilidad estricta, pero filtraciones ocurren; la Asociación de Anestesiólogos de Buenos Aires, con Nicolás Sergi y Marina Moreira, defiende la especialidad en centro de simulación, enfatizando entrenamiento impecable y seguridad para pacientes, pese al estigma.
Autoridades hospitalarias tomaron recaudos extra; se insta a no estigmatizar, pero advierten que uso inadecuado lleva a complicaciones letales, con sobredosis de fentanilo matando miles en EE.UU.