El pastor continúa desmontando la mentira satánica de que Dios no castiga el pecado por ser misericordioso, insistiendo en que la cruz de Jesucristo demuestra la ira divina contra el pecado, ya que Jesús asumió el castigo como sustituto voluntario por amor a la humanidad.
Explica que la sangre de Jesús apaga la ira de Dios, limpia la conciencia de pecados, destruye el poder de Satanás y otorga vida eterna a quienes se refugian en la cruz por fe, obedeciendo y apartándose del pecado. Advierte que los que rechazan a Cristo y persisten en el pecado enfrentarán el juicio eterno e infierno.
La Pascua prefigura esta salvación con la sangre del cordero protegiendo de la muerte, y urge a abrazar la obra de Cristo para ser librados de la ira venidera. Llama a la gratitud, adoración y sumisión al Señor, concluyendo con alabanzas y exhortación a vivir para Él.