El médico anestesista Alejandro Salazar fue hallado muerto el 20 de febrero en su departamento de Palermo por sobredosis de propofol y fentanilo, con vía intravenosa en la pierna y bomba de infusión, sustancias robadas del Hospital Italiano donde no trabajaba.
La investigación reveló faltantes en el hospital y apunta a Hernán B, anestesista casado, y Delfina L, residente de tercer año, como posibles amantes que robaban las drogas para consumo personal, venta a otros médicos o fiestas clandestinas organizadas por WhatsApp a 2.000 dólares por dosis.
En estas fiestas, participantes recibían inyecciones que inducían sueño en 10 segundos y euforia por 2-8 minutos, cerca del paro respiratorio, reanimados con naloxona o ambú. Incluían relaciones sexuales y involucraban médicos que atienden operaciones al día siguiente.
El caso destapó una red en hospitales, con denuncias internas previas y intentos de encubrimiento; los implicados se culpan mutuamente bajo principio de inocencia, generando preocupación por la seguridad en cirugías.