Franco relató su historia de violencia familiar, consumo de marihuana y cocaína, automutilación con tatuajes y separación por agresión física, todo derivado del odio hacia su padre que vio maltratando a su madre.
Tras apartarse de la fe en su adolescencia, negligió a sus hijos para comprar drogas y sintió un vacío que solo calmaba temporalmente con tatuajes en todo el cuerpo.
Invitado por su madre, volvió a la Iglesia Universal, realizó ayunos y oraciones, recibió el Espíritu Santo y experimentó paz plena, reconciliándose con su padre y formando una familia bendecida con su actual esposa.
Franco enfatizó que Dios lo esperaba pese a sus errores y hoy vive transformado, sin vicios ni odio.