Los paleontólogos limpian y estudian fósiles de dinosaurios cretácicos hallados en la Patagonia argentina, en la provincia de Río Negro, para identificar posibles nuevas especies y entender su evolución. En sitios como La Buitrera, cerca del lago Ezequiel Ramos Mexía, extraen fósiles insertos en rocas sedimentarias de antiguos ríos y lagos, datados entre 90 y 65 millones de años atrás.
Una vez en el laboratorio del Museo de Paleontología, procede a la limpieza meticulosa con lupas y martillos neumáticos, separando huesos frágiles de la dura roca, un proceso que puede durar meses. Registran la posición de los huesos en el terreno para comprender cómo murieron y fueron depositados los animales, analizando esqueletos, dientes, columnas vertebrales y patas para determinar agilidad, dieta y ubicación evolutiva.
Entre los hallazgos destacan huesos de sauropodos grandes, dientes de dinosaurios carnívoros pequeños y huevos fósiles de 33 millones de años de la formación Allen, comparados con otros similares. Expertos como el descubridor del Austroraptor describen fósiles nuevos mediante medidas, formas y comparaciones con especies conocidas, construyendo hipótesis a través de discusión científica permanente.
La paleontología avanza con sorpresas inesperadas en excavaciones, donde materiales de distintos individuos, como posibles sauropodos y nuevas especies, obligan a reformular conocimientos. Figuras como Bonaparte enfatizan la discusión y exposición pública para validar resultados, anticipando cambios dinámicos en los próximos 20 o 30 años con cada descubrimiento.
El estudio sistemático de estos vestigios revive la historia evolutiva de la vida en la Tierra, derribando y construyendo saberes mediante observación minuciosa y análisis comparativos exhaustivos.