Mael, quien recibió ansiolíticos a los nueve años por crisis de pánico, lleva seis años intentando dejarlos tras 17 de dependencia, documentando su lucha en redes porque el sistema médico no ofrece apoyo adecuado.
En 2020 intentó dejarlos de golpe y casi muere; ahora sigue el manual Ashton con microbajadas usando pastillas disueltas y gerinda, ya que su cuerpo no produce cortisol suficiente, arriesgando coma al bajar dosis.
Vive recluida por agotamiento total, sale solo una vez al mes a la farmacia; en Francia, uno de cada cinco clientes compra ansiolíticos, con 115 millones de cajas al año, pese a que deben usarse solo tres meses para crisis puntuales.
Guillaume, otro paciente, dejó benzodiazepinas tras cuatro años usando un centro termal en Suajon con relajación y seguimiento médico, reduciendo 80% en cuatro meses; el doctor Olivier Duvaux advierte contra dejarlos abruptamente por resurgir síntomas.
El mercado francés supera 420 millones de euros anuales en benzodiazepinas, en aumento, con pacientes atrapados en espirales por médicos que suben dosis sin protocolos de salida.