A 15 días del inicio de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, los bombardeos aéreos continúan intensos día y noche, pero Teherán no detiene sus lanzamientos de misiles y drones hacia Israel, bases estadounidenses en el Golfo y la infraestructura energética regional. Donald Trump auguró un fin cercano del conflicto, afirmando que los ataques eliminaron gran parte de la capacidad ofensiva de Irán, aunque no hay señales de rendición incondicional.
El secretario de Defensa Pete Hegseth limitó los objetivos a destruir misiles, lanzadores, base industrial, arsenal naval y capacidades de producción, con posible despliegue de tropas terrestres que Irán podría contrarrestar con un millón de soldados, según el senador Richard Blumenthal. El cambio de régimen impulsado inicialmente por Washington y Tel Aviv fue descartado por la falta de revuelta popular, el control de los Guardias Revolucionarios y el nacionalismo activado por los ataques.
Benjamin Netanyahu busca eliminar el régimen de los ayatolás, pero asesores de Trump lo ven imposible ahora. Irán resiste con una estrategia de defensa mosaico descentralizado, arsenal masivo de misiles y drones en silos subterráneos comparables a Rusia o China, y el cierre del Estrecho de Ormuz, minado pese a esfuerzos estadounidenses, atacando barcos petroleros y amenazando precios del petróleo hasta 200 dólares el barril.
En Israel, residentes de Tel Aviv viven el conflicto directamente con costos económicos crecientes y un frente norte con Hezbollah recuperado. El nuevo líder supremo, hijo de Ali Khamenei, reafirmó el cierre de Ormuz y ataques regionales. Conductores destacaron el impacto en precios de petróleo y gas por ataques a refinerías y Qatar. El experto Juan Bataleme la calificó como Tercera Guerra del Golfo con profundas consecuencias económicas globales por estrangulamiento de vías como Ormuz.