Gilla Murano, la asesina serial argentina, fingía pertenecer a clase alta aunque era una impostora mitómana, cleptómana y estafadora con piramidales en los 70 durante la dictadura. Robaba todo tipo de objetos y envenenaba a víctimas ancianas para saldar deudas, inventando pasados, amantes y situaciones irreales en cada entrevista.
En programas de TV generaba chistes como "convidame el té", pero los entrevistadores la encontraban antipática e incómoda, sin el encanto de un asesino simpático. Hablaba con apatía y desafección de masitas, muertes o fama, transformándola en personaje que distanciaba del sufrimiento real de las víctimas.
Pasó años duros en psiquiátrico post-cárcel, soñaba escribir un libro y buscaba manotear glamour pasado, pero nunca se arrepintió de los crímenes pese a pagar condena. Un tumor cerebral conmutó su pena en 1995 vía ley 2x1, dejando un crimen sin probar y familias de víctimas con sensación de injusticia.
Actuó con pericia manipulando pese a problemas cognitivos, logrando fama que Borges invertía: mató para revivirse. Su identidad surgió como asesina famosa, y hoy seguimos hablando de ella mientras mostraban clips de sus entrevistas excéntricas.