El proyecto Seasteading de ciudades flotantes autónomas en alta mar enfrenta fuertes rechazos locales en la Polinesia Francesa, donde pescadores y residentes de Tahití protestaron contra las islas flotantes planeadas en sus lagunas tranquilas por inversores de Silicon Valley. Los locales temen contaminación, pérdida de acceso a zonas de pesca y un enfoque colonialista que ignora sus tradiciones y leyes laborales.
Los seasteaders buscan libertad total más allá de las 200 millas náuticas, sin control estatal, pero reconocen riesgos como tormentas y necesitan aguas protegidas cerca de costas. En 2017, el Instituto Seasteading firmó acuerdos con el gobierno polinesio, pero el proyecto colapsó por falta de apoyo comunitario y oposición de diputadas y pescadores que acusan a los millonarios de comprar gobiernos sin consultar.
Ejemplos como la granja flotante en Rotterdam que alimenta vacas con residuos urbanos, el invernadero submarino Nemus Garden de Italia y el prototipo Oceanic en Busan de Corea destacan innovaciones para cultivar en el mar y combatir escasez alimentaria. Sin embargo, visiones utópicas libertarias chocan con realidades locales, aunque expertos prevén ciudades flotantes cerca de urbes como Shanghái o Miami ante el aumento del nivel del mar.
El narrador concluye que el mar podría ser un sexto continente, pero por necesidad económica o climática, no solo experimentos ricos.