El proyecto Nemus Garden en Italia cultiva vegetales y frutas en el primer invernadero submarino del mundo mediante cúpulas de metacrilato sumergidas que generan agua dulce por evaporación del mar, sin necesidad de suelo ni calefacción, usando sustratos como fibra de coco y ofreciendo temperaturas estables para plantas como fresas y frijoles.
Los responsables reconocen que el producto es más caro que la agricultura convencional, pero buscan sostenibilidad al desalinizar agua de mar y conservar recursos, mientras una innovación ecológica en Córcega y Chile usa la energía de las olas para desalinizar agua mediante boyas flotantes que accionan bombas mecánicas, produciendo 5 mil litros por unidad sin combustibles fósiles ni impacto ambiental grave en la salmuera.
La empresa Oceanic, con apoyo de Naciones Unidas, planea una ciudad flotante en Busan, Corea del Sur, con diseño hexagonal multidireccional para integrar agricultura, filtración de agua y energía, comparándola con Venecia como obra maestra del siglo XXI, comenzando con un prototipo en puerto protegido.
El movimiento Seasteading promueve asentamientos flotantes en alta mar, más allá de las 200 millas náuticas, para crear sociedades autónomas libres de estados, leyes y policía, atrayendo a libertarios de Silicon Valley, pero enfrenta tormentas y rechazos como en la Polinesia Francesa, donde locales tahitianos protestan por contaminación, pérdida de pesca y exclusión laboral, temiendo que beneficie solo a ricos inversionistas extranjeros.
Proyectos en Rotterdam, Corea e Italia prueban granjas flotantes resistentes, pero la utopía libertaria se ve como elitista y capitalista, no para las masas.