Oceanix impulsa ciudades flotantes como solución al cambio climático, con prototipos en Rotterdam, Italia y planes en Busan respaldados por Naciones Unidas. En Rotterdam, una granja flotante produce leche y derivados reutilizando residuos locales, mientras en Italia funcionan invernaderos submarinos. El diseño hexagonal de Oceanix permite multidireccionalidad para agricultura, energía y agua en el mar.
Sin embargo, proyectos similares enfrentan fuerte oposición comunitaria. En la Polinesia Francesa, el Instituto Cisternas de Silicon Valley planeó asentamientos flotantes en 2017, pero fracasó por rechazo local ante temores de contaminación, pérdida de pesca y dominio extranjero. Residentes tahitianos protestan porque las islas bloquearían el acceso a lagunas tradicionales y no contratarían mano de obra local.
Los promotores defienden visiones libertarias de autonomía en aguas internacionales, libres de estados, pero críticos lo ven como utopía elitista para ricos capitalistas. Comparan con Venecia y anticipan ciudades flotantes junto a urbes como Shanghái o Miami por necesidad ante inundaciones, viéndolo como un sexto continente para la humanidad.