El pastor enfatiza que la oración requiere perseverancia absoluta hasta descubrir la voluntad de Dios, como hicieron Jesús y Pablo. Explica que Pablo oró tres veces por una espina en la carne, pero al conocer la respuesta divina de que bastaba su gracia, se sometió. Insiste en no levantarse de las rodillas hasta recibir claridad de Dios, rechazando la prisa y criticando a quienes se rinden fácilmente ante demoras.
La oración de gratitud es un perfume agradable para Dios, según el salmista, quien bendice al Señor por no rechazar su súplica ni retirar su amor. El pastor destaca que Dios colma de bendiciones diarias aun cuando las oraciones son débiles o escasas, pero advierte que la tendencia humana es orar solo en crisis y descuidar la gratitud en tiempos buenos.
La confesión de pecados es esencial para que Dios escuche, pues sin arrepentimiento la oración no funciona. Cita el Salmo donde el salmista agradece el perdón tras confesar, y Proverbios que advierte contra encubrir pecados. Recuerda 2 Crónicas 7:14, prometiendo que Dios oirá, perdonará y prosperará si el pueblo se humilla, ora y abandona la mala conducta.
La oración más importante no es la más larga, sino la más sentida desde un corazón arrepentido y agradecido. Narra la parábola del fariseo, cuya oración extensa y orgullosa fue rechazada, versus el publicano, cuya breve súplica "Dios, sé propicio a mí, pecador" lo justificó. Compara con Pedro, quien en el agua gritó una oración de dos palabras en desesperación.