Shenzhen, la ciudad tecnológica china, ha crecido de un pueblo pesquero de 30.000 habitantes a una metrópoli de casi 18 millones de personas desde que Deng Xiaoping la declaró zona económica especial, superando a Nueva York en rascacielos de más de 200 metros y probando innovaciones como drones entregadores y taxis autónomos sin conductor.
Empleados de Huawei como Kirsten Zenz destacan la rapidez con que China implementa ideas sin límites, mientras Xi Jinping impulsa un "gran sueño" para convertir al país en una potencia socialista modernizada, aunque gobierna con dureza autocrática bajo el Partido Comunista que busca superar a Estados Unidos.
China lidera la producción mundial de autos eléctricos con placas verdes masivas en Shenzhen, donde los locales prefieren modelos chinos sobre alemanes rezagados, y planea invadir Europa; pero Europa depende de China para tierras raras esenciales, almacenadas en secreto en Berlín, lo que genera un "peligro inmenso" si bloquea Taiwán o invade, paralizando industrias.
El politólogo Michael Beckley advierte que el ascenso chino se frena por burbuja inmobiliaria con demoliciones, destrucción del 40% de tierras agrícolas, inversión demográfica y dependencia alimentaria, haciendo imposible el crecimiento rápido; mientras la OTAN, vía Mark Rutte, califica a China de "adversario y amenaza creciente" con rearme naval, mil ojivas nucleares para 2030 y apoyo a Rusia, Corea del Norte e Irán en Ucrania.
El largo brazo chino llega a Alemania con hackers estatales que en 2021 atacaron el observatorio Wetzel de la Oficina Federal de Cartografía y Geodesia vía vulnerabilidad en servidor, expandiéndose al sistema para alterar datos de navegación GPS y Galileo usados en seguridad aérea, según Robert Formanek del BSI, desplazando ataques de económicos a políticos contra instituciones.