Presos en cárceles bonaerenses viven como en barrios privados gracias a celulares autorizados que usan para delinquir, como el cabecilla de la banda del millón que vende pistolas a un millón de pesos y glock a dos millones desde su celda, mientras cómplices afuera roban y extorsionan.
Paola Galeano, presa hace 13 años en la Unidad 40, se convirtió en influencer de TikTok con 200.000 seguidores, organiza fiestas de cumpleaños con manteles, globos, equipo de audio y delivery de papas fritas, llama a su pabellón "barrio privado" y hace lives con luces LED, ventiladores gigantes, gatos mascotas y maquillaje profesional.
Los detenidos reclutan menores de hasta 12 años para robos en San Isidro y Martínez guiándolos en vivo vía Street View, planifican secuestros virtuales, estafas y extorsiones a guardiacárceles identificándolos por redes sociales, mientras customizan celdas con TVs de 55 pulgadas, consolas, peluches y pestañas postizas.
Lucas Mereles, de la banda del millón, chatea con su novia Estefanía usando CBU de víctimas para transferencias, y todos facturan regalos virtuales en TikTok; el sistema penitenciario lo justifica por la pandemia, pero panelistas lo tildan de "joda" y piden teléfonos fijos sin internet.
Las cárceles parecen colonias de vacaciones con junk food, series de Netflix y producción superior a campamentos, lejos de las condiciones infrahumanas de antes, pero facilitan delitos continuos desde adentro.