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Fariseos cometen blasfemia imperdonable contra Espíritu Santo

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Los fariseos, incapaz de negar el milagro irrefutable de Jesús al expulsar un demonio de un hombre ciego y mudo, atribuyeron a propósito la obra del Espíritu Santo al diablo, llamando malo lo que era bueno y oscuro lo que era luz.

Este pecado premeditado y desafiante, culminación de un rechazo obstinado a Cristo, no tiene perdón porque en la ley de Moisés no existían sacrificios para pecados deliberados, como se describe en Números 15, y ejemplifica con Elí y sus hijos, a quienes Dios juró no perdonar jamás.

La blasfemia surge de un proceso gradual: primero se entristece al Espíritu, luego se le resiste y finalmente se apaga al rechazar permanentemente su convicción de pecado y llamado al arrepentimiento hacia Jesús, dejando sin gracia eterna al incrédulo que muere en rebeldía.

El predicador advierte que quienes ignoran la voz del Espíritu que toca la conciencia con campanitas de corrección, endurecen su corazón y cometen el pecado de muerte eterna, urgiendo no rechazar su guía al camino correcto.