Los fariseos no pudieron negar el milagro irrefutable de Jesús al sanar a un hombre ciego y mudo poseído por un demonio, ni la profecía del Antiguo Testamento que señalaba la llegada del reino mesiánico mediante la obra del Espíritu Santo a través de Cristo.
Jesús expulsaba demonios por el poder del Espíritu de Dios, demostrando que el reino de Dios había llegado y que él había atado al hombre fuerte, Satanás, para saquear su reino, como lo hizo en el desierto durante 40 días de ayuno, saliendo lleno del poder del Espíritu Santo.
El pastor exhorta a los fieles a usar las invencibles armas de Dios, como el retiro, ayuno y oración, para arruinar las obras del diablo en sus hogares, familias y vidas, recordando que Jesús venció a Satanás y los creyentes comparten esa victoria, estando sentados en lugares celestiales con los enemigos bajo sus pies.
Los fariseos, sabiendo la verdad, premeditadamente desacreditan a Jesús cuestionando la fuente de su poder, atribuyendo al diablo la obra pura del Espíritu Santo, llamando inmundo e impuro a lo santo, lo que constituye la blasfemia imperdonable contra el Espíritu Santo.
Jesús advirtió que todo pecado se perdona menos esta blasfemia, que no será perdonada ni en este siglo ni en el venidero, mientras enumera pecados graves del Antiguo Testamento para enfatizar la gravedad.