Las Islas Canarias producen medio millón de metros cúbicos diarios de agua desalinizada para abastecer hogares, el turismo con 17 millones de visitantes anuales y 23 campos de golf, además de la agricultura como los plátanos en Tenerife, pero este proceso genera salmuera hiperconcentrada que se vierte al océano y causa daños devastadores al medio marino.
Pescadores como Wenceslao Olivero en Lanzarote observan cómo la salmuera repele la vida marina y temen nuevas plantas cerca de reservas protegidas, mientras la industria minimiza los riesgos pese a evidencias de contaminación invisible que amenaza la mayor reserva marina europea.
El buceador Fernando Espino documenta zonas muertas de más de 50 metros alrededor de los vertidos de hoteles en Gran Canaria, donde prolifera la cianobacteria invasora Lingvia mayúscula que destruye praderas marinas, esenciales refugios para peces que fijan hasta el 15% del CO2 oceánico.
En laboratorio, Espino mide salinidad de 60 gramos por litro en la salmuera frente a 37 del mar, más químicos como el metabisulfito sódico que provoca anoxia y mata peces, flora e invertebrados; estudios desde 2009 en Mar Rojo, Florida y Australia confirman impactos a largo plazo, con 51 mil millones de m³ vertidos globales en 2023.
En contraste, La Gomera mantiene autosuficiencia con 20.000 habitantes, turismo sostenible y consumo de 80-100 litros por persona al día, usando pozos, embalses y un sistema ancestral de distribución equitativa para riego agrícola, evitando desalinizadoras.