Hay lugares que son un pasaje, a los que entramos para viajar. A veces en el espacio, a veces en el tiempo. Eso solo es posible en algunos ámbitos que están bendecidos con una facultad mágica. Y la magia, en este caso, tiene que ver con la memoria, con un lugar sagrado, adormecido por las luces amarillas, donde el recuerdo de otras voces resuena todavía en las oquedades de la madera, en el timbre asordinado de los bronces, en los pliegues sedosos de un cortinado. Algunos de sus nombres propios son Borges y Arlt, Rubinstein y Quinquela Martín, Fernández Moreno y Julián Centella, Gardel y Julio de Caro y Pirandello y Milagros de la Vega y Alvear y Alfonsín. Alfonsina Storni recitaba sus versos apoyada en el piano donado por Alvear, impulsando poemas duros como "Redobles verdes de tambor los sapos y altos los candelabros mortesinos". Tras su muerte, el piano se transformó en el monumento que la honra en Mar del Plata, y un trozo de esa piedra permanece en el salón del Café Tortoni.
Nadie ignora que el sur empieza del otro lado de Rivadavia. Los cafés son una parte fundamental de la cultura de Buenos Aires, desde el tango hasta la televisión. El Café Progreso, en el barrio de Barracas, conserva un tiempo opuesto a la prisa postmoderna, con objetos en vitrinas como relojes detenidos y esculturas que evocan un pasado espiritual. En el café se lee diferente, con carteles y disposiciones que van a una nostalgia esencial, ritos de la mesa y bebida en un espacio generoso.
La ciudad de Buenos Aires evolucionó hacia el sur por el puerto en el Riachuelo, bautizado por Ulrico Schmidl. En el siglo XVII y XVIII surgieron las barracas para almacenamiento de productos. Enrique Puchia, historiador y amigo del bar, relató los orígenes del barrio; su nombre adorna la esquina de Avenida Montes de Oca y California, con una placa en el interior. La barra larga y el mostrador de madera completan un universo de humo y vapores, preservando la identidad profunda en reflejos, aromas y sonidos.
Mediano y Rivadavia es un pocillo donde Almagro toma su café. En 1884, Carlos Pellegrini, ministro de gobierno, inauguró la confitería en una zona de quintas con violetas, de ahí su nombre. La luz resbalaba por bronces y mármoles, rebotando en espejos, con techos geométricos y sol entrando por vidrios enormes. Los vitrales, tesoros del lugar, datan de comienzos del siglo pasado, trabajados con técnica gótica tradicional de vidrio cortado y plomo, inspirada en el abad Suger de Saint-Denis.
Los vitrales más modernos, firmados por el maestro Fino, alegorizan la vida, la alegría y la esperanza. En La alegría, mujeres junto a un lago con cisnes, una jugando a la ronda y otra recogiendo violetas. En La vida, un ave del paraíso bebe de una fuente rodeada de estatuas. Aunque ya no hay quintas ni senderos de grava, el paisaje se preserva en el interior del local.