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Visita guiada a cafés históricos de Buenos Aires desvela memorias culturales y secretos porteños

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Hay lugares que son un pasaje, a los que entramos para viajar. A veces en el espacio, a veces en el tiempo. Eso solo es posible en algunos ámbitos que están bendecidos con una facultad mágica. Y la magia, en este caso, tiene que ver con la memoria, con un lugar sagrado, adormecido por las luces amarillas, donde el recuerdo de otras voces resuena todavía en las oquedades de la madera, en el timbre asordinado de los bronces, en los pliegues sedosos de un cortinado. Algunos de sus nombres ... Mediano y Rivadavia es un pocillo, donde Almagro siempre toma su café, columnas con historias que en su brillo sostienen el ayer y no se fue. Hacía unos años nomás que andaba por Rivadavia, calle de carretas, el primer tranvía a caballo que tuvo la ciudad. Era la primavera del año 1884. Don Carlos Pellegrini, ministro de gobierno, vestido con galera, capa y riguroso bastón, entró en el local que se inauguraba esa misma tarde y se encontró con en una fiesta de luces, la luz que resbalaba por los bronces, que se adenzaba en el blanco lechoso de los mármoles y rebotaba en los espejos multiplicándose, que irradiaba un halo cálido desde los anillos con sus focos labrados.

Se asombró de la luminosa geometría de los techos, de las figuras alternadas en sus pisos. Vio el sol entrando directamente por los enormes vidrios de las ventanas, y el sol revistiéndose en una en la cenefa, flores con los tonos de las rosas de múltiples colores. Las margaritas, los claveles y en el centro preciso del vitró que se eleva en la puerta de entrada un escudo heráldico con el motivo que daba nombre a esa nueva confitería. Quizá la sombra de este ramillete que nunca se marchita, atado con una cinta celeste, no nos deja adivinarlo. Quizá esté muy alto para nuestros ojos. No importa tenemos otras pistas luminosas cuando se inauguró la confitería la zona era un suburbio poblado de quintas y en cada puerta de entrada había macetones y dentro de los macetones manojos de violetas de ahí el nombre hoy en la esquina de medrano y ribadavia ya no hay quintas con macetones de violetas en las puertas no hay senderos de grava pizales ni caminos de tierra. Sin embargo, algo de ese paisaje está preservado dentro del local. Uno de los tesoros más importantes de la confetería son sus vitró. Los hay de distintas épocas. Están los más antiguos, que datan de comienzos del siglo pasado y que se pueden apreciar en forma de grandes murales y en las cúpulas de entrada.

Todos trabajados con la misma técnica tradicional, donde el vidrio es cortado y unido por perfiles de plomo, cada uno de su tamaño particular, soldados entre sí y luego masillados. Esta forma de trabajar el vidrio se hizo famosa en el siglo XIII, cuando el abad Suger emprendió una reforma de la iglesia francesa de Saint-Denis, que luego se haría conocida en toda Europa con el nombre de Gótico. Los vitróes de las violetas no son tan antiguos como los del abad Zuger, pero el análisis que se les hizo para iniciar su restauración descubrió que fueron construidos por maestros artesanos al modo gótico tradicional. Los más modernos son los que firmó el maestro Fino. Cada uno está pensado como una alegoría. De la vida, la alegría. La alegría es un grupo de mujeres junto a un lago en el que nadan hermosos cisnes de cuello blanco. Una de ellas juega a la ronda con una niña y a su lado otra recoge violetas. En la vida, un ave del paraíso bebe el agua de una fuente rodeada de estatuas. Y en la esperanza más extraña de las alegorías, tres damas ven la llegada de unos jinetes que se acercan por un camino de tierra. En la distancia, hirriéndose sobre un cielo rasgado de nubes blancas, se eleva un castillo de ensueño.

Lo más notable de los tres grandes vitrales es su aire de serenidad clásica, su ambiente relajado y pacífico. Completamente. Este opuesto a la velocidad y la agitación que hay, por ejemplo, en un deporte tan apasionante para los argentinos como lo es el turf, las carreras de caballos. Esta es quizás la razón de que don Irineo Leguizamo fuera un cliente cotidiano de las violetas. Es sabido que luego de uno de sus grandes triunfos, el maestro pastelero del local, aficionado también a Palermo, quiso honrar al maestro de los jockeys y conociendo su gusto por el dulce de leche, inventó la torta que todavía hoy se puede saborear. Su secreto, base de pionono con dulce de leche, merengue, marrón glacé, crema de almendras y hojaldre con cobertura de fondant y chocolate. Esa torta hoy se llama Leguizamo. Hay bares y cafés de Buenos Aires que invitan a la nostalgia y el ensueño, a las evocaciones de la llave. Las Violetas no es uno de ellos. Cuando cerró sus puertas en 1998, estuvo a punto de ser parte de un pasado irrecuperable de la ciudad. A convertirse en un recuerdo de lujo, pero renació en el año 2001, y hoy en día es uno de los lugares más frecuentados y alegres para celebrar la fuerza de la cultura y las costumbres felices del reencuentro.

Las Violetas es una confitería que nació cuando comenzábamos a ser de la nación moderna, hija de la generación del 80, de su empeño por el progreso y el orden, pero que hoy, teniendo presente esa historia, mira y se instala en el espacio del día. Los amplísimos ventanales que dan a Riodavia y a Medrano no tienen sólo la función de iluminar su interior con la luz natural del sol, sino también la de llevar nuestra mirada hacia la agitación, la variedad y la velocidad del presente de Buenos Aires. Los aires. Sentarse en una mesa de las violetas es dejarnos atrapar por el mundo de hoy envueltos en los aromas entrañables de siempre. El del café, el té oscuro, de las masas y de la amistad. La esquina conserva, en el cuerpo de un farol que fue abrazado por una santa rita, lo que se encuentra en el cuerpo de un farol que fue abrazado por una santa rita, los nombres antiguos de la calle que la forman. Estamos en San Roque y Viena, o en San Abria, y José Pedro Varela. Estamos en Devoto, en el Café de García, donde el pasado y el presente se mezclan hasta confundirse como en el viejo farol, las renovadas hojas de la enredadera. En la década de los 50, Metodio y Carolina García hicieron suyo este bar nacido en 1937 y que hoy recuerda en un paseo formado por las mesas de mimbre que protegen las barandas de hierro y el pasamanos de madera lustrada.