Hay lugares que son un pasaje, a los que entramos para viajar. A veces en el espacio, a veces en el tiempo. Eso solo es posible en algunos ámbitos que están bendecidos con una facultad mágica. Y la magia, en este caso, tiene que ver con la memoria, con un lugar sagrado, adormecido por las luces amarillas, donde el recuerdo de otras voces resuena todavía en las oquedades de la madera, en el timbre asordinado de los bronces, en los pliegues sedosos de un cortinado.
Cuando el café se mudó a su actual emplazamiento, tenía entrada por la calle Rivadavia. Fue recién en 1898, cuando el arquitecto Alejandro Christoffersen, responsable de la mayoría de las construcciones estilo Art Nouveau de la ciudad, construyó su fachada sobre la avenida de Mayo 825. Fue el primer café del país en colocar sillas en la vereda. Al entrar al Tortoni, parece que toda la historia de los cafés nos saliera al paso y reclamara nuestra atención. Desde aquel lejano 1475, cuando en la ciudad de Constantinopla, los turcos, grandes bebedores de café, habilitaron la primera cafetería.
Hasta las sillas de madera pintadas de verde el oro, que sacaban al boulevard des Italians en Francia, los bebedores de helados, donde nació el primer café que llevó este nombre sonoro. Tortoni, helados. Esa era la especialidad de la casa Tortoni de París, donde era posible degustar los famosos Petsiduri o las casatas que preparaba el propio Giuseppe Tortoni. Algo de aquel dulce pasado quizás pueda descubrirse si prestamos atención. El Tortoni de Buenos Aires se inaugura en el año 1858, uno después del Teatro Colón. Y uno antes de la batalla de Cepeda. Es, por lo tanto, el más antiguo de la nación.
Sin embargo, no es únicamente esta voluntad de perduración, de persistencia a través de los años, la que le otorga su ambiente particular, su aire de recinto sagrado. Tampoco su mobiliario, las mesas redondas con cubierta de mármol, ni las columnas rojizas, ni las sillas acolchadas, ni la madera opaca de sus revestimientos, su huacerí. Es quizá otra cosa, quizá algo que emparenta su espacio con los museos y los templos y que tiene en el rito de sentarse a pensar, a soñar, a debatir con otros que están o que se han ido el secreto de su realización. O a escribir, a recitar, porque el café ha sido hogar y escenario de innumerables escritores argentinos y extranjeros, poetas, dramaturgos, periodistas y oradores.
Presidentes, diputados y caudillos conservadores, líderes revolucionarios, pintores y retratistas, escultores y músicos, teatristas y cantores. Algunos de sus nombres propios son Borges y Arlt, Rubinstein y Quinquela Martín, Fernández Moreno y Julián Centella, Gardel y Julio de Caro y Pirandello y Milagros de la Vega y Alvear y Alfonsín. Cuyo retrato acompaña a la mesa número 4, su mesa de siempre. Hay lugares que son un pasaje donde se operan extrañas transformaciones, donde las cosas y los seres que entran en contacto quedan ligados para siempre en un lazo de unión impredecible.