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Infancia amenazada en comunidades vulnerables con programa de alfabetización

Centro Izquierda · intercambio · favorable

En una comunidad rural con carencias extremas como Piruás Bajos, la infancia enfrenta dimensiones opuestas: belleza natural pero amenazas constantes a la vida. Niños como Mateo viven en casas de nylon o barro sin electricidad, expuestos a peligros nocturnos como víboras e insectos al ir al baño, requiriendo vigilancia constante de madres y abuelas. La fuente de ingresos depende mayoritariamente de hombres, complicando la situación para mujeres solas. Mateo entró en el programa de alfabetización, pero enfrenta quemaduras en el pie y problemas auditivos, agravados por el agua contaminada con arsénico.

Valentina Montenegro, de 7 años, disfruta jugando a la escondida con sus primos, pero viaja en bicicleta con Mateo a la escuela, donde las pinchaduras frecuentes los obligan a caminar y llegar tarde. En la escuela pública, dirigida por la Maestra Gaby, el almuerzo se ha interrumpido, dejando a los niños sin comer adecuadamente durante el día. A la noche, en el monte, no se cena siempre, y dormir con el estómago vacío duele, especialmente en casas sin puertas ni ventanas que exponen al frío invernal o al calor sofocante del verano, forzando a veces a dormir al aire libre con más riesgos.

Marcela, una niña expresiva e introvertida en contraste con la zona, sueña con ser maestra inspirada por sus educadoras, pero pasa fines de semana sola y triste, cuidando cabras y otros animales desde temprana edad. Sus deseos incluyen una cama de princesa, un ropero, una heladera y agrandar la casa, que carece de comodidades básicas. Su madre enfatiza la dureza de la vida, con comidas irregulares y preocupaciones por los pies de la niña, destacando la importancia de la educación para evitar una vida nómada en los montes.

Los niños expresan deseos simples pero reveladores: una bicicleta de color específico, una televisión, botines nuevos, una casa violeta o ser policía como sus tíos. La labor infantil en el cuidado de animales y la aislamiento geográfico agravan la vulnerabilidad, con poblaciones pequeñas y distantes que limitan el juego y la socialización.