En una comunidad rural con carencias extremas como Piruás Bajos, la infancia enfrenta dimensiones opuestas: belleza natural pero amenazas constantes a la vida. Niños como Mateo viven en casas de nylon o barro sin electricidad, expuestos a peligros nocturnos como víboras e insectos al ir al baño, requiriendo vigilancia constante de madres y abuelas. La fuente de ingresos depende mayoritariamente de hombres, complicando la situación para mujeres solas. Mateo entró en 2024 sin saber leer ni escribir, pero gracias al programa de alfabetización liderado por la Maestra Gaby, a fin de año ya leía y escribía, emocionando a todos.
Mateo sufrió una quemadura grave en el pie con agua caliente de una pava al tomar mate cerca de las brasas, lo que le impidió asistir a la escuela por días y requirió múltiples visitas al hospital a 120 kilómetros de distancia. La lesión le causó ampollas, pérdida de piel y uñas rotas, dejando secuelas dolorosas. Además, padece dificultades en la cadera y problemas de audición en un oído, limitando sus capacidades, aunque se integra con facilidad al grupo escolar y muestra resiliencia ante su situación.
El acceso al agua es agónico: escasa cantidad y contaminada con altas concentraciones de arsénico y flúor, inutilizable para consumo humano, cocina o lavado, ya que corta el jabón. Esto impide pensar en educación, emprendimientos o cuidado del monte. La falta de electricidad complica tareas como lavar ropa para la escuela, y los niños dependen de bicicletas para llegar a tiempo, pero pinchazos frecuentes los obligan a caminar y llegar tarde. El almuerzo escolar, antes una vez por semana, ahora es irregular, y en el monte no se cena por la noche, dejando a los niños con hambre si no comen bien durante el día.
Valentina Montenegro, de 7 años, disfruta jugar a la escondida y al tiburón con primos en el monte, prefiriendo esconderse. Su familia se mudó de Moradita a Piruás para estar cerca de la abuela y el jardín escolar. Cocinar se complica con vientos fuertes, retrasando comidas como leche con arroz. A pesar de las carencias básicas no garantizadas en estas zonas rurales, los niños como Mateo y Valentina se las ingenian para vivir como el resto, integrándose con fuerza y conciencia de sus realidades.