Se afirma que la obediencia a Dios otorga un poderoso protector y nos hace inmunes a la desgracia, como un muro que protege a Job. Bajo este paraguas protector, ninguna maldición puede activarse sobre el hogar o la familia.
La desobediencia, por el contrario, neutraliza la bendición, mientras que la obediencia activa la unción para la multiplicación. Se cita Deuteronomio para señalar que la obediencia trae bendición y prosperidad, mientras que la desobediencia conduce al fracaso y la improductividad.
Se ejemplifica con Caín, cuya desobediencia atrajo la maldición de la improductividad. Se concluye que el pecado atrae maldición, pero la obediencia la desactiva, protegiendo a los hijos de Dios de cualquier ataque maligno.