El fracaso del golpe de estado de agosto de 1991 no solo no salvó a la Unión Soviética, sino que aceleró su colapso. Tras tres días de incertidumbre, las tropas golpistas se retiraron de Moscú y Gorbachev regresó a la capital. Sin embargo, el equilibrio político había cambiado drásticamente.
Los líderes del golpe fueron arrestados y el Partido Comunista fue prohibido en Rusia. Boris Yeltsin, quien se había erigido como símbolo de la resistencia, consolidó su poder, impulsando la independencia rusa. Las repúblicas soviéticas aprovecharon la debilidad del poder central para declarar su independencia definitiva, culminando con la firma del acuerdo de Belavezha en diciembre de 1991 y la renuncia de Gorbachev.
La caída de la Unión Soviética marcó el fin de un imperio y el inicio de una nueva era, aunque la transición estuvo marcada por crisis económicas, corrupción y el debilitamiento del Estado ruso. Muchos rusos percibieron la disolución como una catástrofe. Décadas después, el evento se recuerda en Moscú como un punto de inflexión histórico.