Se explica que, aunque somos propiedad de Dios y el Espíritu Santo habita en nosotros, tenemos libre albedrío y podemos elegir pecar. Dios no nos obliga a no pecar, sino que nos aconseja y guía.
Si abrimos una puerta al pecado, permitimos que Satanás entre en nuestra vida, casa, ministerio o matrimonio. Se advierte que el templo del Señor puede ser profanado cuando nos asociamos con el pecado, dando lugar a la infiltración demoníaca.