Se cuestiona por qué muchas personas no crecen espiritualmente, atribuyéndolo a que su vida está gobernada por las emociones y no por el corazón edificado sobre la roca Jesucristo. Se advierte contra la inestabilidad que esto genera.
Se hace un llamado a no permitir que la tibieza del mundo contamine el espíritu, instando a ser cristianos "calientes" en el Espíritu Santo, consagrados y dedicados a Dios, en lugar de tibios.