El pastor Cinalli retoma la parábola del rico para señalar que la única preocupación de este era acumular riquezas terrenales, calificándolo de "necio" por no prepararse para la eternidad.
Argumenta que el pecado principal del hombre rico fue enfocar sus inversiones únicamente en la tierra, sin hacer ninguna "inversión en el cielo".
Afirma que Dios nos dio la vida para prepararnos para la eternidad y que la decisión sobre nuestro destino final es personal, no de Dios ni del diablo.