Un estudio publicado en The Lancet, con más de 100.000 participantes y 20 años de seguimiento, demuestra que pequeños cambios combinados en sueño, actividad física y alimentación mejoran significativamente la esperanza de vida y la calidad de la misma.
La clave reside en la combinación de estos hábitos, no en la magnitud de cada cambio individual. Se enfatiza que incluso pequeñas mejoras tienen un impacto positivo en la salud a largo plazo.