Se analiza la profunda decepción en Argentina tras perder la final del Mundial, a pesar de haber llegado segundos entre 48 selecciones. Se compara esta situación con otros ámbitos donde un segundo puesto sería motivo de celebración, pero en el fútbol se vive como una derrota no aceptada.
Se menciona la tendencia a buscar explicaciones en la conspiración o en la idea de que "nos robaron el mundial", como un mecanismo para no asimilar la derrota y mantener la imagen de los héroes perfecta, conectando con el "costado maradoniano" cultural argentino.
La carga de responsabilidad que sienten los jugadores por representar a un país y las expectativas generadas, especialmente de aquellos que hicieron grandes sacrificios para asistir al Mundial, intensifican el dolor de la no consecución del objetivo máximo.