Romina relata que comenzó a experimentar malestares y dolores, lo que la llevó a realizarse ecografías. Los estudios revelaron la presencia de dos quistes en un ovario y uno en el otro. Ante este diagnóstico, decidió tomar una actitud de fe, ya que frecuentaba la iglesia.
Comenzó a tomar el "agua viva" y a determinar que no quería ninguna enfermedad en su cuerpo. Realizaba oraciones diarias al levantarse y se ungía la cabeza, declarando que toda enfermedad se iría de su organismo.