Las oraciones expresadas a través de lágrimas son preciosas para Dios y son respondidas. Cristo mismo oró llorando, y Dios escuchó sus súplicas. Las lágrimas, utilizadas como un recurso espiritual de humillación y no de manipulación, tienen un poder inmenso.
Diversos ejemplos bíblicos ilustran cómo las lágrimas y la humillación ante Dios conducen a respuestas: el rey Ezequías, Josías, el salmista David y Job experimentaron la escucha divina tras expresar su dolor y arrepentimiento con lágrimas.
La Biblia recomienda invocar al Señor de corazón y derramar lágrimas ante Él, ya que estas oraciones, cuando provienen de un corazón arrepentido, son escuchadas. Incluso la mujer pecadora que mojó los pies de Jesús con sus lágrimas recibió el perdón.