Se describe el particular olor a quemado que impregna Nueva York, comparándolo con el aroma que se percibe cuando se queman campos para la siembra. Este olor, diferente al de goma quemada o manifestación, evoca una sensación de devastación.
El fenómeno se atribuye al humo de los incendios forestales en Canadá, que ha llegado a la ciudad y genera una atmósfera densa y con un aroma distintivo, similar al de la quema de rastrojos en zonas rurales.