María del Carmen relata cómo una supuesta "maldición hereditaria" afectó su vida desde la infancia, manifestándose en depresión, ataques de pánico, enfermedades, maltratos y pensamientos suicidas. Describe cómo estos problemas se transmitieron de generación en generación en su familia, impactando sus relaciones personales y su bienestar.
Tras buscar soluciones en vano, acude a la Iglesia Universal, donde, según su testimonio, encontró la sanación y la transformación. Afirma que, al entregar su vida a Dios, pudo superar sus dolencias, recuperar su autoestima y reconstruir su vida, convirtiéndose en una "María del Carmen nueva".