La cultura actual, adicta al ruido y a las multitudes, ha llevado a la devaluación del silencio y el retiro. Las personas se sienten más cómodas en entornos ruidosos que en la quietud, lo que dificulta la conexión con Dios.
La falta de espacios silenciosos para la meditación y la reflexión sobre temas trascendentales como Dios, la muerte y la vida eterna es evidente. Incluso los funerales, que antes propiciaban la reflexión, han perdido esa función.
Se hace un llamado a revalorizar la disciplina espiritual del retiro y el silencio, practicada por Jesús, como una forma de conectarse con Dios y obtener la visión y los recursos necesarios para llevar a cabo la misión encomendada.