Miguel reflexiona sobre la necesidad de modificar y mejorar el uso del VAR para preservar la continuidad y emoción del espectáculo futbolístico.
Si bien reconoce que la tecnología ha aportado ventajas, como un mayor tiempo real de juego (pasando de 48-50 minutos a 61 minutos), también señala la importancia de no eliminar la esencia del fútbol, que incluye la pasión y la emoción.
Se plantea la duda sobre si la tecnología, como el chip en el balón, es infalible y si podría fallar, afectando la precisión de las decisiones arbitrales. La intervención del VAR, aunque busca justicia, no debe ir en detrimento del espíritu del juego.