En Japón, la vida en prisión se caracteriza por el orden, el silencio y una rutina estricta. Para las reclusas extranjeras, el idioma y la cultura representan barreras adicionales en el cumplimiento de su condena.
El 10% de las internas en la cárcel de mujeres más grande de Japón son mexicanas y brasileñas, muchas de ellas sentenciadas por tráfico de drogas. Estudian japonés dentro de la prisión y trabajan ocho horas diarias en fábricas, con breves pausas para comer o hacer ejercicio.
Para muchas latinas, la dificultad principal ha sido adaptarse a la cultura japonesa y la lejanía de sus familias. Las conversaciones están restringidas a los recreos, y la imposibilidad de hablar en la fábrica o durante el desayuno genera un ambiente de aislamiento.
Según Human Rights Watch, las infracciones relacionadas con drogas son la segunda causa de encarcelamiento de mujeres en Japón. Los extranjeros condenados por posesión o consumo de drogas suelen cumplir su sentencia en Japón y luego son deportados, superando a menudo los 50 años al momento de su liberación.