En la cárcel de mujeres de Togishi, Japón, reclusas extranjeras, principalmente de México y Brasil, enfrentan desafíos adicionales para cumplir sus condenas debido a barreras idiomáticas y culturales.
El 10% de las internas son extranjeras, y muchas de ellas, como una mexicana de 40 años sentenciada por tráfico de drogas, luchan por adaptarse al idioma y a las estrictas normas de la prisión. El trabajo en fábricas y la falta de comunicación durante la mayor parte del día dificultan aún más su reclusión.